ABUNDANCIA ROJA. SUEÑO Y UTOPÍA EN LA URSS
Francis Spufford
Turner Noema
Lo de la Unión Soviética fue de lo más paranoico. Convertida en superpotencia después de la mayor catástrofe de la historia, este conglomerado de repúblicas unidas por el marxismo y la mano de hierro de sus gobernantes ambicionó enseñar al mundo la aplicación de la justicia y la igualdad desde arriba y no desde abajo. Un fracaso del que hoy todavía se notan las consecuencias, después de su desintegración, hace ya más de 20 años. A pesar de sus recursos, Rusia y el resto de repúblicas no acaban de salir del gran desastre económico, además de contar con unas instituciones que se alejan de cualquier democracia en la mayor parte de estos países.
La victoria militar ante el nazismo situó a Moscú en el epicentro del mundo. Junto a Washington fue uno de los dos puntos neurálgicos del globo. Y eso pretendió ser motivo suficiente para que , desde allí, se decidiera el futuro de la civilización. La capital moscovita iba a brillar más que Manhattan, y las producciones rusas iban a dominar los mercados.
El comunismo se antojaba entonces como moderno, y pretendía que la ciencia justificara unas medidas cuyos resultados denotaban un fracaso total del propio modelo. Y no sólo porque fuera imposible imponer un modo de producción coordinado y utópico, que relacionaba la producción del acero con la del cereal, sino también porque los que mandaban no eran mejor calaña que los que dirigen en otros sistemas. Según Francis Spufford, un analfabeto como Jruschov, podría ser alcalde de Moscú nada más aprender a leer y llegar incluso a secretario general del PC. O casos como el de Léonid Brezhnev que, preguntado por una decisión, justificaba su falta de respuesta al decir que él sólo entendía de “psicología y organización”. Y todo esto, la religiosidad de una ideología y la incapacidad de los estadistas, chocó de frente con los sueños de los ciudadanos. Los mismos que iban (y van) todos los días a trabajar con la esperanza de una vida mejor y que tienen que ponerse al margen de la ley para tener alguno de los objetos que facilitan la existencia.
Este libro, a medio camino entre la ficción y la realidad, supone un cínico repaso de lo que era este sistema en el inicio de su decadencia que el propio autor describe como una “comedia económica”, que te provoca ciertas risas incómodas. Te hace gracia, sí, pero en el fondo es la historia de una tragedia.
Un desastre fruto de muchos aspectos, como el complejo de inferioridad que desarrollaban unos líderes ciegos incapaces de reformar un sistema decadente. Tardó décadas en caer por su propio peso, a pesar de que la vida de diaria de sus ciudadanos ya en los sesenta antojaba su fracaso.
Abundacia roja ofrece relatos basados en biografías y memorias de personajes reales, pero también nos descubre la vida de seres inventados por la mente de un escritor que consigue un planteamiento ciertamente rompedor pero muy útil para explicar el gran fracaso del sueño soviético. Esa abundancia prometida que suponía el comunismo soviético y que lo único que logró fueron años en los que la ciudadanía perdió toda esperanza de mejorar. La única forma era meter la cabeza en una intelligentsia privilegiada y alejada de la realidad.
Al principio cuesta ligeramente coger el ritmo de este libro pero, a medida que avanza el relato, se convierte en una narración amena y concisa para entender el desmoronamiento de una superpotencia.
Santiago Barnuevo





